Mientras tanto, y contrastando grandemente con mi dicha, al otro lado del mundo, en mi adorada Italia, se cernía la desgracia de un virus desconocido. Soy ávida lectora de las noticias científicas que me interesan, así que estaba al tanto de los últimos avances con respecto al virus, y también estaba en contacto con amigos italianos. Luego el número de contagios fue aumentando, y afectando también a otro país que adoro: España. Según todo lo que había leído, a mi parecer, el virus llegaría a Paraguay, y cuando llegara, se tomarían medidas iguales.
El viernes 6 de marzo fue mi primera y única clase presencial en el instituto en donde trabajo. El sábado 7 de marzo se confirmó el primer caso. Ese día mi familia fue a cenar a un bar cercano, y yo preferí ir a un encuentro con mis queridos compañeros de trabajo. Sin haberlo planeado, ese encuentro sirvió como despedida para una persona que tuvo que volver a su país por pedido de su gobierno, y a quien ya no pudimos ir a ver, debido al toque de queda. El domingo 8 fui con toda mi familia a comprar provisiones. El martes 10, llegué a casa de mi cita con el dentista, y me encontré con la noticia de que a partir del día siguiente, ya no podría haber clases presenciales.
Desde esa semana, todas mis clases fueron en línea, tanto de manera sincrónica, como asíncrona. Tuve que conocer a mis nuevos alumnos y alumnas en un entorno que, si bien no era desconocido para mí, no era el habitual en mis clases del profesorado. La plataforma Schoology era mi medio regular de entrega de documentos o tareas, pero desde el 13 de marzo, se convirtió en mi salón de clase. Al inicio probé a tener clases asíncronas con una tarea sincrónica, pero luego de un par de clases pude darme cuenta de que los resultados que obtenía no eran los deseados. Debido a ello, decidí empezar a dar clases sincrónicas a través de la aplicación Zoom. Ya sabía cómo utilizarla bastante bien, y fue muy lindo el volver a "ver" a mis alumnos y alumnas.
Continúa en La Nueva Normalidad

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